Laura Fernández hizo historia ayer en Costa Rica. No solo se convirtió en la segunda mujer en alcanzar la presidencia de ese país, sino que lo hizo bajo una premisa que hasta hace poco parecía ajena a la tradición civilista del país: la promesa de un "puño de hierro" contra el crimen. Con casi el 50% de los sufragios, la candidata oficialista le ganó por 15 puntos a su rival más cercano, Álvaro Ramos.
Autodefinida como la "heredera" política de Rodrigo Chaves, Laura Fernández basó su campaña en la continuidad de un modelo que combina liberalismo económico con conservadurismo social. Su propuesta estrella, inspirada abiertamente en el modelo salvadoreño de Nayib Bukele, incluyó la construcción de una megacárcel y la implementación de estados de excepción en zonas críticas. De hecho, el mandatario salvadoreño fue uno de los primeros en celebrar su triunfo.
Entre la tecnocracia y la fe
De perfil polifacético, Fernández es politóloga y especialista en gestión pública, pero su imagen pública mezcló la frialdad de los datos con anécdotas de una infancia rural entre fincas y ferreterías. "Liberal en lo económico y conservadora en lo social", la presidenta electa no dudó en marcar líneas rojas para su futura gestión. "Si usted está a favor del aborto y la eutanasia, aquí no es", sentenció durante la campaña.
Sin embargo, su ascenso no está exento de polémica. Sus críticos la señalan como una "incondicional" de Chaves, al sugerir que el actual mandatario mantendrá el control desde las sombras. Además, sus planes de reformar la Constitución para permitir la reelección consecutiva y sus constantes ataques al Poder Judicial encendieron las alarmas de sectores que ven en su proyecto un riesgo de deriva autoritaria.
A pesar de las críticas de sus rivales, quienes la calificaron de populista y advirtieron sobre un posible autoritarismo, Laura Fernández defendió su victoria como una "fiesta democrática". La nueva presidenta asumirá el cargo con el desafío de frenar la tasa de homicidios y mantener la estabilidad económica, bajo la atenta mirada de una oposición que teme un debilitamiento de las instituciones.